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RAÚL FLORES
Raúl Flores nació en Córdoba en 1965.
Actualmente vive y trabaja en Buenos Aires.
www.raulflores.com.ar
Estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Córdoba.
En 1997/1998 fue becado para asistir al programa de perfeccionamiento para jóvenes artistas dirigido por Guillermo Kuitca.
Incursionó en la fotografía en la década de los noventa.
En 2001 se mudó a Barcelona, donde fundó junto a Paula Galli, la galería Doque Arte Contemporáneo.
En el 2004, regresó a la Argentina y editó la revista de arte Canecalón.
Realizó varias exposiciones individuales, entre ellas, en el MACRO de Rosario (2006), Centro Cultural Ricardo Rojas (2006), Centro Cultural Gral. San Martín (2000) y Galería Gara, Buenos Aires (1996, 1998 y 2000)
Participó en numerosas muestras colectivas, entre ellas, en el Museo de Arte Contemporáneo de Chile (2007), CCEBA (2006), Programa Cuttin Edge, ARCO, Madrid (2000) y Museo de Arte Contemporáneo, Bahía Blanca (1999) |
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Raúl Flores y la fotografía de ocasión∗
El punto más evidente (pero no por eso verdadero) es pensar los trabajos de Raúl Flores en el contexto de nueva fotografía argentina, aparecida a fines de los años '90. Es cierto que en este boom de la cámara fotográfica y sus diferentes resultados (más o menos ortodoxos, más o menos novedosos), el artista en cuestión aparece en un lugar central con su participación en una serie de muestras colectivas, iniciadas en 1996.
(...)
Pero volvamos a la fotografía como punto de partida engañoso. Decir que Raúl Flores (llegando de Córdoba y exitoso en sus Pymes) se dedica a la fotografía es cómodo pero poco serio. Todavía hoy (y van 5 años de pruebas) tiene problemas con la iluminación, el foco, los encuadres, el revelado y el copiado. Polaroid, cámara acuática, la Kodak fiesta o la cámara algo sofisticada, siguen siendo artefactos más o menos misteriosos para el artista que, sin embargo, y a pesar del decálogo del "buen fotógrafo", sigue insistiendo. (Recordemos que Flores es contemporáneo pero ajeno, a la manía que hoy despliega buenos Aires sobre el "arte de la fotografía"). Para él la fotografía es un medio práctico, rápido está ahí a mano, no importan los resultados en términos artísticos (el arte como un debe ser, en un terreno preadjudicado, de acuerdo a excelencias pautadas y a mandatos históricos). Estamos frente a imágenes que se muestran escasas en sus virtudes fotográficas (entendida la fotografía como aquel medio consagrado por la modernidad en su pureza y cualidades soberanas). Imágenes que además son dudosas en su seriedad: interiores de heladeras, piletas de cocina, cuchas de perros, restos de comida, botellas públicas, "espanta mosquitos", toallones origami, macetas con potus, registros de repostería. En fin, una sucesión de banalidades que el fotógrafo, con poco pudor técnico y poca responsabilidad temática, registra aquí y allá (en Buenos Aires, La Habana, San Pablo, en casa de amigos, en un hotel, en la calle). Formatos pequeños, ampliaciones desprejuiciadas, tamaños intermedios, sobre papel, sobre hule, en cajas lumínicas, en friso o aisladas, Flores insiste a su manera.
Sin embargo en este mundo doméstico y sobre esta actitud de curioso que pasea indolente, el artista construye un cuerpo de obra. El cronista que hace clic, aquí y allá, materializa comentarios visuales sobre el aquí y el ahora. Sus instantáneas visuales son hogareñas y pequeñas hasta que reconocemos una mirada que persiste filosa, una trivialidad que se comunica alusiva. Sus aparentes cursilerías (cercanas al souvenir, la postal, la publicidad barata, las estéticas clase B o Z) se muestran como señales, como encuentros con la realidad (realidades sociales, políticas, culturales, realidades comunitarias, realidades individuales). Entonces sí adquiere sentido la fotografía, la fotografía y su poder simbólico como testigo, como prueba de fe de "que aquello que veo ha existido de verdad" (Barthes). Estas fotografías nos seducen porque sus modelos reales (sus objetos y seres inanimados) nos miran y nos sostienen la mirada, porque, sin darnos cuenta, quedamos atrapados en sus juegos anversos y reversos. En ese punto indefinido y difícil de ubicar, en esa cartografía de relaciones ambiguas y ambidiestras, lo doméstico se encrespa y adquiere la sustancia de observaciones culturales. Entonces ese mundo manso y trivial se activa. ¿Imágenes que son domésticas?. O ¿Imágenes que hablan desde y sobre lo doméstico? ¿Representaciones kitsch? O ¿Realidades que son dulzonas y sensibleras? ¿Ilusión de crónicas familiares y cotidianas? O ¿La construcción de una mirada, la escritura de un recorrido sobre lo familiar y lo cotidiano, sobre paisajes sociales?.
(...)
Raúl Flores propone un tren fantasma con aire de estudio cultural. La pregunta es dónde quedamos nosotros, sus mirones, frente a tantas realidades que nos señala, qué pasa con nosotros al mirar festivamente estas imágenes que son, una vez más, el cuerpo del delito registrado y documentado por una cámara que vaga, sin sentido aparente, por cosas y escenas cotidianas, domésticas y triviales.
El problema es nuevamente la mirada (no el acto físico de ver): la mirada a través de la cámara, la mirada del artista y la mirada de la fotografía sobre nosotros.
Marcelo E. Pacheco
∗Extractos de un texto de Marcelo E. Pacheco, cuya versión completa se encuentra en el website del artista: http://www.raulflores.com.ar/florestextos.htm
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